La ingenuidad reveladora de sentirse aludido

¿Por qué, coño, por que? ¿por qué tienen que ser tan imbéciles?

“Modesto, aplicado, benévolo, moderado: ¿así queréis al hombre,
al hombre bueno? Pues a mí esto sólo me parece el ideal del esclavo,
del esclavo del porvenir.” Nietzsche.

Retomando la plena autoría de los contenidos presentados en este, vuestro indispensable blog, y como respuesta al soberano éxito que fue la anterior entrada (tan profunda, que ni mi puta madre la entendió) he decidido entrar a una de esas cavilaciones que me hacen pensar que dentro de mi (MUY dentro de mí) (Es decir, al fondo… muuuuuuy al fondo, casi imperceptible) existe un pequeño Nietzsche. Claro, si Nietzsche hubiera sido un adolescente moderno de 19 años cuyo principal hobbie es dormir y revisar el puto tumblr, diciendo “Los memes son una estupidez” pero sin dejar de verlos ni por un instante.

Pero es que verán, amigos míos, yo por lo general soy una persona bastante pacífica. Cualquier entusiasta de los gatos podría pasar una noche entera hablando de ellos conmigo y yo haría, cómo máximo, 10 chistes sexuales de mal gusto. Nada más; no soy tan malo… me gustan los gatos, son simpáticos e interesados. Casi como cualquier mujer, así que tengo tres.  Soy un forever alone. Pero pana. Y por supuesto que tengo defectos, tengo muchísimos, pero me encanta burlarme de ellos. Los espejos, para mí, son la principal fuente de comedia en mi vida. Yo no tengo dvds piratas de Er conde del guacharo, yo tengo espejos y amigos lo suficientemente fijones, burlones y estúpidos como para mantenerme dentro de una realidad llena de risas, arcoiris y unicornios.

Por ende, no suelo ser una persona grosera, por lo menos no voluntariamente, e incluso, cuando insulto, lo hago de una manera sutil (“¡cállate la boca pendejo infraser de mierda!”) pero me cuesta llegar a ese punto. Y todo este rodeo autocomplaciente precede mi siguiente percepción: mientras menos sentido del humor posees, más idiota eres. Y yo, bueno, tengo un imán para los idiotas que no saben entender mi humor.

Cuando digo que soy mejor, más inteligente, culto,  interesante, bien dotado o madridista no lo hago para presumir. Lo digo en sentido de sugerencia irónica, como parte de algún chiste o jocosidad propia de una conversación informal. Yo he dicho que soy superior tantas veces como he dicho que soy un imbécil. Concluir que todos somos buenos y malos en ciertos aspectos y que nadie es perfecto sería una obviedad necia estupidamente moralista, pero totalmente cierta. Aunque claro, nadie se molesta cuando me describo como un grandísimo subnormal… pero apenas dejo relucir un poco de soberbia, muchas veces fingida, se desgarran farisaicamente las vestiduras y me acusan de tener un modo de pensar ridículo ¡e incluso sugieren que me suicide!; qué espantoso, me rompen el corazón. Irónico resulta cuando muchas de esas personas que dicen detestar mis razonamientos son las que en algún momento me han alabado por mi personalidad. Y es que al final, quienes pueden delimitar mis características (o quienes se molestan en hacerlo) son los que me conocen, no yo mismo. Yo puedo tener cierta comprensión de mi como persona, pero frente a los círculos sociales quienes hablan por mí son los demas; podrán decir: “Diego es un idiota” o “Diego es sabio” o “Diego se parece a Mourinho” y entre ellos, los que se fijan, son los que nacen esas consideraciones. Dicho esto, algo resulta definitivo: al final, quienes me critican y quienes no, son los que terminan aceptando que poseo ciertas cualidades. Terminan reconociendo lo que soy. El puto amo. Son los demás quienes terminan aceptando, más allá de cualquier chiste barato, que soy una persona que por lo menos la piensa un poquito.

Así que quienes simplemente buscan insultarme, buscarme pelea o sugerirme que acabe con mi vida por razones tan necias como mi mero sentido del humor son sólo tontos que escupen hacia arriba. Una gran verdad es que si te irrita una persona que se exhalta como la vaina más cojonuda del puto universo, critique a los demás, o simplemente muestre cualquier gama de conocimientos, es bastante probable que ese individuo tenga un complejo de superioridad bastante insano, pero tú, el que te molestas por ello, tú tienes un complejo de inferioridad fuera de toda duda. Probablemente el otro esté jugando, o se esté colocando una máscara encima, pero tú te ves descubierto por tu sincera indignación. Te sientes aludido. Perdiste.

“A vaaaainaaaaa mariquito, ¿te picaste?” Nietzsche.

 

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